miércoles, 4 de marzo de 2009

San Jorge de los Ilheus: La tierra es nuestra

[B-Review]

"Pero un día, compañero, la tierra no va a tener más dueño... ni más esclavos"

Jorge Amado (1912-2001), el Nobel que no fue, es definitivamente uno de los escritores latinoamericanos más famosos y más queridos. Escribió lo suyo, bastantes cuentos, poesías y artículos, y una buena cantidad de grandes novelas, varias de ellas (sobretodo las de su segunda etapa) adaptadas como películas o, cortesía de la Red Globo, telenovelas. Sólo basta mencionar tres nombres: Doña Flor, Gabriela y Tieta. Si no te dicen nada, pues ya tienes qué buscar en Google y Youtube.

Pero me estoy adelantando. Retrocedamos hasta la década de los treintas y cuarentas (del siglo XX) y encontraremos a un joven Jorge Amado, itabunense de nacimiento, que ha comenzado su carrera como periodista y escritor, y que, como la mayoría de los jóvenes intelectuales de mayor valía de entonces, se pasó al lado izquierdo del Señor: abrazó las ideas marxistas. Eran los tiempos, y también la realidad que le tocó vivir en su niñez y juventud, la de las grandes haciendas y abismales contrastes. ¿Podría un alma sensible no percibir la injusticia, la postergación, la grosera explotación de un sistema feudalista semejante y no sentir que algo debía de hacerse? El resultado: uno de los más memorables ciclos de la literatura en lengua portuguesa y latinoamercana; social y comprometida, eso sí, pero impregnada de arte, salvaje belleza a veces, magia también.

San Jorge de los Ilheus encuadra muy bien dentro de las preocupaciones del Amado de esta primera etapa. En ella se dedicó a rememorar su juventud en las tierras del cacao, donde su familla poseía plantaciones que perdió. En ese entonces, en el periodo de entreguerras, muchos años después de la conquista de la selva y las sangrientas luchas por la posesión de las rozas de cacao (y que fuera tema de Tierras del Sinfin, acaso su obra maestra, y cuya historia San Jorge de los Ilheus continúa), la vida seguía su curso en aquella progresista provincia del sur del estado de Bahía, en la costa del nordeste brasileño. Pero la paz no da madera para una literatura comprometida. Asistimos, pues, a la narración de las maquinaciones y maniobras que los exportadores del cacao (representantes locales del capital extranjero, estadounidense y alemán principalmente) perpetran en la sombra para adueñarse de la tierra de los hacendados y pequeños agricultores que cultivan el cacao que la maquinaria mundial del chocolate necesita para saciar la glotonería de occidente. Un hecho histórico narrado intensamente que sirve de trasfondo, a pesar de su naturalismo, a un ramillete de historias paralelas en donde desfilan como comparsas en el carnaval los miserables peones de las haciendas, los poetastros de sonetos modernistas, hacendados y pequeños sembradores, jóvenes e inútiles herederos, empleados del comercio y estibadores, prostitutas y chulos, los nuevos ricos y los viejos ricos, todos entregados (o sólo testigos, como los militantes de izquierda más entregados a su labor subterránea) a los desenfrenos y derroches generales dentro de la euforia cuando la cotización del cacao se eleva a cotas inimaginables, y la desesperanza y la desolación cuando la caída de los precios viene a consolidar a los capitalistas como los nuevos dueños de la tierra.

Queda esta novela como un ejemplo y una advertencia que nosotros, que nos hicieron mamar de las ideas del neoliberalismo, no debemos de olvidar.

¿Y tú que opinas de la literatura comprometida?

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