domingo, 24 de enero de 2010

Doña Ana, cuento de Vladimir Tendriakov (parte 2 de 3)

[Op. Cit.]

Continuamos con la transcripción de este buen relato. Vamos a ver si podemos darle más a menudo, que esto se me atrasó casi tanto como Hola, Carla. La primera parte de Doña Ana acá.

Doña Ana
(Parte 2 de 3)

Pero esta vez no consigo dormirme.

En el barranco, con zurrido de botas en las piedras candentes del cauce seco, se agolpan muchos soldados, con los capotes enrollados como colleras, con los macutos y los fusiles, en cascos, listos para entrar en combate. Llega corriendo a mí el jefe de la compañía de transmisiones:

-¡Sargento Tenkov! ¡A disposición del jefe del segundo batallón! ¡In-me-dia-tamente! ¡Orden del jefe de transmisiones!…

Todo está claro. Nuestras compañías sufren bajas cada día. Cada noche se incorpora a las compañías de infantería tropa de otro pelaje: carreros, pinches de cocina, atontados intendentes de retaguardia. Hasta la sección de exploración –los aristócratas del regimiento, maestros de las descubiertas nocturnas- ha ocupado hoy posiciones defensivas como simples ametralladoras.

Y en las compañías siempre faltan transmisionistas. Cuanto más intenso es el fuego, con mayor frecuencia se rompe la comunicación. Y yo soy radista sin radio, telefonista de bobina, sirvo para echar una mano.

Desciendo a mi trinchera para recoger el macuto y el capote enrollado. La trinchera a la que volvía cada noche y que consideraba mi casa… Quizá en otra trinchera consiga descabezar un sueñecito hasta el amanecer. No sé si lo conseguiré o no.

-¡Tenkov! ¡Volodia!…

Me busca Yárik Galchevski. ¡Ejé! Él también va en casco, capa-tienda, con el macuto.

-Nos mandan juntos… ¡A la compañía de Mojnátov! –me anuncia excitado.

Bien, estoy listo.

* * *

La estepa, de color pardo rojizo, recalentada, repta perezosamente a lo alto, hacia el cielo intensamente azul.m En la loma, bajo el cielo, incluso a simple vista se distingue la rugosa cresta de las trincheras. Tras la loma está la granja avícola. Debe de ser un pequeño caserío, unas cuantas casas de adobes enjalbegadas y turbio aljibe de orillas pisoteadas y sucias. Debe ser… Esta granja no la ha visto nadie de los nuestros, pero todos han oído hablar de ella.

La granja avícola es el lugar más alto en la plana estepa.

A través de la granja a los alemanes les será más fácil acercarnos de lleno sus tanques e infantería motorizada.

La granja es el trampolín desde el cual a los alemanes les será cómodo lanzarse sobre nuestras cabezas.

La compañía de Mojnátov ocupa la defensa enfrente de la granja. En el regimiento todos conocen el nombre del teniente Mojnátov: desde el jefe hasta el último carrero.

Yo me lo imagino como un hombrón de las trincheras, sin afeitar, con los largos brazos colgando junto a las rodillas, algo así como un gorila. Mojnátov, ¡ya lo dice el apellido!

De la trinchera general por la que se puede ir sin agacharse se ha abierto un estrecho callejoncito de varios pasos hacia el enemigo. Es el puesto de observación del jefe de la compañía. Allí está solemnemente sentado, apoyando la polvorienta bota en la pared un muchachito de guerrera desteñida hasta la blancura del lienzo. Su rostro es moreno mate, de suave oval, sucio, del gorro asoma un mechón de cabellos, seco como estropajo. Habla con voz silbante, de camorrista, y a veces suelta un gallo.

-¡Telefonista! –grita con agresividad nada seria-. ¡Búscame por los alambres a ese canalla jetudo!…

El “canalla jetudo” es el furriel de la compañía que por la noche trajo demasiada poca agua a las posiciones. Mojnátov amenaza mandar al furriel a una sección de fusileros.

Sobre el polvoriento gorro del jefe de la compañía gorgotea el aire transparente cargado de calor, susurran y runrunean los proyectiles pesados que vuelan sobre nuestras cabezas, gimen y aúllan las balas, se enreda el siniestro cuchicheo de los cascos de metralla extraviados. Y abajo, a los pies del jefe de la compañía, a la altura de sus botas sin limpiar desde hace tiempo, en la estrechez de la fresca trinchera, transcurre la vida diligente y ajetreada de la primera línea. Corre con jorobado trote el enlace de Mojnátov: Vasia Ziáblik, a quien ya conozco. Junto a las botas está respetuosamente plantado un soldadito zarrastrón: la hebilla del cinturón de lona a un lado, la guerrera llena de manchas de grasa, los pantalones colgando, flojas las vendas y una semana (desde el comienzo de nuestra vida en las trincheras) sin lavarse ni afeitarse la cara a rayas. Es Gavrílov, el mejor ametrallador de la compañía y tal vez de todo el regimiento, que machaca magistralmente con su “maximka” los nidos de fuego del enemigo. Ahora él ha provocado la ira de Mojnátov contra el furriel al decirle que pronto no tendrá nada que verter en la caja de la ametralladora. A su lado está Dezhkin, jefe de la sección del flaco izquierdo, un sargento primero entrado en años con pinta de contable triste. Lleva ya casi media hora pidiendo pacientemente a Mojnátov la dotación de ametralladora de Gavrílov: “Se han juntado demasiados pacos enfrente de nosotros, hay que espantarlos…” Pero Mojnátov no dice ni sí ni no, diplomáticamente, con excesivo ardor, pone de vuelta y media al furriel:

-¡Ha echado panza en el avituallamiento! ¡Tiene el morro más gordo que el culo de un soldado! ¡Cuando luce el sol no se le ve a ese guapo!…

-¡Enfermero! ¿Dónde está el enfermero?…

Por la trinchera conducen a un herido. Va desnudo hasta la cintura, lleva el hombro derecho envuelto torpemente en vendas de cegadora blancura, en las costillas salientes, por la piel amoratada, tiene negros cuajarones de sangre seca. Un soldado se aprieta detrás del herido, lo sujeta del codo sano por la espalda. El segundo, corpulento, de voz estentórea, va delante, agita resueltamente los brazos como si fuera a pelearse y llama a voces al enfermero.

Mojnátov se vuelve en redondo hacia él en su percha:

- ¿Por qué los dos? ¿Por qué no se ha retirado toda la sección? ¡Dezhkin! ¿Estos buenos mozos son tuyos?

Pero Dezhkin no tiene tiempo de responder. El teniente Mojnátov se derrumba sobre la cabeza del ametrallador Gavrílov, que está respetuosamente plantado ante él. La trinchera retiembla de la explosión, se desprende arena de las paredes, del cielo sin nubes cae por un instante una sombra.

Se cree que no nos baten cuando el casco puesto en el parapeto no cae resonante de vuelta en la trinchera. Pero incluso en tales momentos de calma no te asomes sin necesidad porque te cascarán.

Ordinariamente el casco cae durante todo el día. Pero a veces barre el parapeto una ventisca de plomo y acero, la trinchera se estremece de las explosiones: entonces el casco cae sin dar tiempo a contar hasta diez.

-¡”Trébol”! ¡”Trébol”! ¿Me oyes, “Trébol”?

Tengo el mismo abonado, pero ayer le gritaba de arriba abajo, desde el Estado Mayor del regimiento: ¡”Trébol”! ¡”Trébol”! Ahora grito desde abajo, desde la compañía. Y por mucho que disparen, por mucho que tiemble la tierra de las explosiones, por mucho que sople la ventisca de metralla por el parapeto, si “Trébol” nos oye, todo va bien, vivimos, no nos molesta, con el tiroteo se está incluso más cómodo. Escondidos en las trincheras, estamos como en el seno de Cristo, ¡prueba a alcanzarnos!

Pero de pronto…

-¡”Trébol”! ¡”Trébol”!…

El auricular se ha quedado mudo.

Y yo empujo a mi pareja, aún no despierto, le pongo el teléfono en la mano:

-Ten, Voy a “pasear”.

Durante el día paseamos por turno riguroso. Cuando la anterior ruptura, “paseó” mi pareja. En momentos más tranquilos… Ahora cae el casco… Zambúllete por el borde de la trinchera como por un agujero abierto en el cielo.

Se prolonga en la estepa el delgado hilo del cable. A la espalda, a tu espalda indefensa, sobre la nuca se pasea a la muerte de mil voces.

No es complicado el lenguaje de la juguetona muerte. Empiezas a comprenderlo a las primeras horas de estar en el frente.

Cantan tierna y melancólicamente las balas diluyéndose en el espesor del aire. No les hagas caso: fruslerías. Pero si una bala lanza un chillido corto y atroz, si te arroja a la cara punzantes salpicaduras de tierra, quiere decir que que tiran con puntería; por lo tanto, la segunda bala o la tercera puede ser la tuya, sal del maldito lugar y corre. Pero no de pie, sino arrastrando la barriga por la estepa –¡cielo y ajenjo, cielo y ajenjo!- hasta que las vuelvan a silbar tranquilizadoras en lo alto.

Si un casco de metralla susurra secamente y se hunde muy cerca, escarba y lo encontrarás. Tampoco es terrible. Ha errado largo tiempo por el cielo azul, ha perdido su fuerza mortífera. Puede golpearte, hasta herirte, pero no mortalmente.

Un aullido taladrante que angustia el alma… Y no hay nada más terrible en la guerra que cuando este aullido se interrumpe. Un breve instante de silencio ensordecedor. Muchos después de este silencio ya no oyeron nunca nada. Pero no es combatiente de las trincheras el que no ha sentido más de uan vez helársele la sangre en las venas de este silencio.

El cable se prolonga a través de la estepa… No hay nadie alrededor, la gente está lejos; si te hieren, el socorro está lejos. En los momentos más peligrosos para él el telefonista de la bobina pelea a solas.

El cable se prolonga a través de la estepa… ¡Alto! ¡No se tensa! ¡Ahí está la rotura!… La explosión arrojó los extremos del cable…

-¡”Trébol”! ¡”Trébol”!

Trébol” no contesta… Ahora contestará. Encontrar el extremo arrojado y empalmarlo se hace en un periquete. Es verdad. a veces la metralla hace trizas el cable, pero de todos modos no cuesta mucho tirar de él y empalmarlo. Lo grande es el camino de ida y vuelta.

En la trinchera te encuentra la mirada de tu pareja, llena de respeto y gratitud. Aunque él mismo haga ese recorrido más de una vez al día, de todas maneras ahora te mira con veneración, como si fueras un hombre que anduvo rondando cerca del otro mundo.

Los dos atendemos el baqueteado cajoncito de madera del teléfono. De mi pareja sé únicamente que es siberiano y que tiene un apellido raro: Nebaba.

Pero ¡cuántas veces bajo el prolongado tiroteo lo esperé con angustiosa impaciencia! Cuántas veces me alegré de su regreso y vi en sus ojos exactamente la misma alegría. Es para mí como un hermano, y yo también para él, no lo dudo. Pero ¿qué clase de persona es? ¿Qué ama y qué no soporta? ¿Está casado o es soltero, es de carácter alegre o un lloraduelos?… No sé siquiera si es joven o no mucho. Bajo la capa de lodo de las trincheras todos parecemos viejos.

Vivimos estrechamente y por turno. Uno de los dos monta la guardia, el otro duerme mientras tanto; uno salta bajo el fuego a la línea, mientras el otro se queda junto al teléfono. Nos encontramos solamente en medio de la noche, cuando vienen las cocinas de campaña, al amor de la marmita de gachas de mijo calientes. En estos cortos momentos no hablamos de nosotros mismos, sino del oficio y de otros…

-En la primera sección han vuelto a heiri a dos… Nuestro aparato funciona mal, seguramente se han gastado las pilas.

-Mira la toma de tierra, se ha oxidado…

Próximos y lejanos, unidos por lazos fraternales y completamente desconocidos.

Lo describo detalladamente como si hubiera transcurrido semana tras semana en la trinchera de la compañía. No, pasaron dos días nada más, interminablemente largos como la espera, angustiosos y horribles como una pesadilla, como la misma guerra, monótonos como cualquier día ordinario.

Al expirar el segundo día oí animación en la línea. Hasta mí, “Azulejo”, llegó del lejano “Espiga” la voz de bajo del cero uno, el jefe del regimiento según nuestra clave. Luego empezaron a exigir a cada momento desde “Trébol”: “Ulíbochkin, urgentemente al teléfono… Envíen un enlace a Ulíbochkin… Llamen a cualquiera de la unidad de Ulíbochkin…” Yo conocía a todo el personal de mando del batallón y del regimiento por los apellidos y por los números. Entre ellos no me había topado con Ulíbochkin. Finalmente, en nuestra vegetal familia apareció una nueva hermanita: “Ortiga”. Y esta “Ortiga” desde el comienzo empezó a preocuparse por “las brasas para el samovar”. Entendí que habían agregado a nuestro batallón una batería de morteros.

Por la noche se presentó en persona el capitán Pujnachov, jefe del batallón, se metió en la chabola de Mojnátov, y un minuto después salió disparado de allí Vasia Ziáblik. En la noche tranquila sobre la estepa removida y sobre las trincheras tararearon las voces:

-¡Dezhkin, lo llama el teniete!… ¡Sargento primero Dezhkin y subteniente Galchevski, vayan al jefe de la compañía!…

Mojnátov convocaba a los jefes de sección.

Al lado, a unos diez pasos, un ametrallador nuestro, seguramente Gavrílov, disparó una ráfaga ensordecedora: ¡no duermo, estoy alerta! Del otro lado respondieron. Yo estaba sentado en el fondo de la trinchera, pero me imaginaba claramente cómo las balas trazadoras surcaban la oscura estepa.

-¿Eres tú, Volodia?… –Sobre mí se inclinó Galchevski. Su rostro se hundía en el profunco casco, el pronunciado mentón griseaba en las sombras, del delgado cuello pendía torpemente una pesada pistola ametralladora Degtiariov; acababa de llegar de recibir instrucciones-. Hay orden de tomar mañana la granja avícola –dijo dejándose caer al lado-. El capitán Pujnachov acab de traérsela a Mojnátov.

Asentí con un movimiento de cabeza como dando a entender que me lo suponía hacía tiempo: para mí, telefonista eso no era una novedad.

-Mojnátov duda, dice que no tenemos bastantes agallas.

-Mojnátov lo sabe… –respondí evasivamente.

-A pesar de todo, es un incrédulo.

De nuevo ensordecedoramente tableteó al lado una ráfaga de ametralladora y del otro lado nos respondieron. Era un tiroteo flojo, de los corrientes, por la noche. Un tiroteo así quiere decir que el frente está en calma. Se puede salir de la trinchera, enderezarse en toda la talla, salir al encuentro de la cocina, recibir tu porción de guisote y creer y alegrarte dulcemente de que vivirás por lo menos hasta la mañana.

En ese momento de tranquilidad Galchevski emitía como una alarmante corriente eléctrica, meneaba el casco, contraía el hombro y, finalmente, empezó a hablar con voz galopante, ahogándose:

-¡Nos acostumbramos a la mansedumbre! Cada bendito día aprendes lo mismo: ¡tu impotencia! Aúlla un proyectil, vuela hacia tí, ¡páralo! No, ¡no eres capaz! ¡Túmbate en el suelo, arrástrate! ¿Y nuestra vida en la primera línea?… No te atrevas a saltar de la trinchera ni siquiera para hacer tus necesidades, quédate sentado, como un preso, en hoy cavado con tus propias manos.. ¡Enterrados vivos, sumisos, mansitos! Qué ganas tengo… ¡Qué ganas tengo de enseñarles!… –Galchevski señaló con el casco hacia el lado de los alemanes-. ¡Qué demonio, enseñarles que yo puedo o-diar-los!… –Y de repente recitó-:

Por campos y bosques nos extenderemos
ante Europa la bella
y a vosotros volveremos
nuestra asiática jeta.

En el fondo de la trinchera este énfasis libresco sonaba falso. Por lo visto, el propio Yárik Galchevski lo sintió:

-¡Bah, tonterías! Se guasea uno de aburrimiento. Él comió toda la vida en manteles… ¿Una sola cosa no es tontería!… Andar derecho y no arrastrando la barriga. ¿A qué han venido a nuestro país? ¿Para qué me han arrancado de mi casa, no me dejan seguir estudiando? ¿Para qué hacen que se inquiete mi mamá? Mi mamá está muy enferma del corazón… ¡Los odio!

-Tienes que descansar, Yárik.

Se levantó estupefacto, permaneció un momento callado y pronunció a tropezones, con sordo temblor:

-Has dicho las palabras de mi mamá… Exactamente igual… Hasta con la entonación de mamá…

-¡”Azulejo”! ¡”Azulejo”! –se oyó en el auricular.

-¡Aquí “Azulejo”!…

-¿Cómo te sientes, “Azulejo”?

Por ahora normal. Pregunta pasado mañana.

El transmisionista de guardia en la centralilla del Estado Mayor del regimiento se echó a reír compadecido. Dis sabe si sobreviviré mañana.

-Me voy… –Yárik trepó de la trinchera. Se detuvo en lo alto-. Han pedido comunicar a cada soldado: la señal para el ataque general será una bengala roja. La bengala la disparará Mojnátov…

Volví a responderle asintiendo sólo con la cabeza.

-Si caigo en este ataque caeré con la cabeza adelante. ¡Porque los odio!

-Vale más que no caigas.

-No siento lástima por mí. La siento por mi mamá. –Y se alejó a pasitos leves y embrollados.

Retumbó una ráfaga de ametralladora, temible e indiferente. El ametrallador alemán le respondió dócilmente desde el otro lado. Todo en orden, en nuestro sector reina la calma.

Pero en Yárik hoy hasta el andar es desacostumbrado, como de tiovivo o de borracho.

En la estepa se oyeron chirridos y tintineos. Por la trinchera volaron de un extremo a otro palabras quedas, exaltadas y casi jubilosas: “¡La cocina!… ¡Ha llegado la cocina!”

Continúa…

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La primera parte acá.

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