jueves, 30 de septiembre de 2010

Rosa del puerto: Fragmento de la novela San Jorge dos Ilhéus

[Op.Cit.]

A una sirena morena.

De la novela de Jorge Amado comparto en esta ocasión su pasaje acaso menos realista y más lírico. Florindo, un ex-trabajador de una hacienda de cacao, logra hacerse amante de Rosa, una misteriosa chica del puerto que va y viene como le place. Sensual, despreocupada, independiente… loca, desaparece Rosa y Florindo se desespera por encontrarla: “¿Hacia dónde fue, Rosa, tu cuerpo moreno?

Es curioso, el leer de nuevo esto me hace recordar que entonces yo también estaba enamorado de una Rosa, no una como la del libro claro, una más normalita. Me pregunto dónde estará y qué estará haciendo. Sé que trabaja en una institución pública, sólo eso. ¿Tendrá hijos? ¿Se habrá casado?

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San Jorge dos Ilhéus

(Fragmento de la Segunda Parte)

En el puerto inmenso, desierto y negro, que se cerraba en los almacenes del muelle y se abría en el mar de cargueros, en el puerto de puñales y marineros, cargamentos para Australia, cacao para Filadelfia, prostitutas y navajas, misterio y amargura, en el puerto inmenso de Ilhéus, el negro Florindo buscaba a Rosa.

Rosa había desaparecido, ¿dónde estaba? ¿Quién sabía si los árboles de la colina no la había llamado con sus manos de ramas y sus corazones de raíces? Florindo subía a las colinas y Rosa no estaba. ¿Dónde estaba Rosa? Tal vez en la ciudad de calles iluminadas, tentación para las mujeres. Tal vez estuviese bailando en el cabaret. Su traje de gitana parecía atuendo de baiana. Florindo probó por las calles, entró en los bares y Rosa no estaba.

Puerto desierto y negro. Podía ser que se hubiese ido hacia el mar, a la hora de ponerse el sol. Con los vientos, con los peces, con los náufragos del Itacaré. Era noche de vientos, el negro Florindo iba encogido, la luz de los faroles caía sobre él, misterio de las esquinas, sombras que se alargaban y daban en el mar. En el puente se habían encendido luces e iluminaban extraños jorobados, eran los negros de sacos a las costillas, sacos de cacao para un navío sueco. El negro Florindo cruzó por las luces, ¿sería que Rosa habría ido a pescar cangrejos a las escaleras del pontón? Tal vez estuviese allí, sosteniendo el trozo de carnada en el cordón, cangrejos para el almuerzo del día siguiente. Rosa la pescadora, rodeada de peces. pero no estaba, ¿quién sabía si no estaría sentada en una mesa del cafetín del Coló, “La Flor de Onda”?

El marinero lo saludó, nunca había visto a nadie tan gordo. Estaba doblado sobre el vaso de whisky. Borrachera de las grandes, era día de pago y ya había bebido mucho, sueco rubio llegado del mar. ¿Un trago, Florindo? ¿Qué lengua habla?

Aguardiente sabroso, aguardiente de gringo. El vaso de whisky tenía un brillo que recordaba aventuras en el mar, pesca de perlas, contrabando de armas y marineros sin brazo comido por los tiburones. En el fondo del vaso, Florindo buscaba a Rosa. Pero Rosa no estaba. Afuera el muelle se iba cerrando, parecía un callejón sin salida. En el fondo del vaso, en el brillo del whisky, Florindo sólo encontraba el faro de una isla, la luz del muerto, linternas perdidas, barqueros remando y el ojo quieto del muerto, mirando, mirando. ¡Sal, ahogado! Florindo buscaba a Rosa en el whisky falso del bar. También en los ojos de las putas que bebían. Rosa ¿dónde estaba? Rosa había desaparecido, era así, Varapau bien que lo sabía, lo decía, por las noches a la luz de los pitillos.

El sueco se reía, ¡borrachera de las grandes!, borrachera de día de paga. Merecía un bofetón, Florindo no se lo da, aguardiente sabroso, aguardiente de gringo. Merecía un bofetón, Florindo no se lo da. “Hasta luego, muchacho”. ¿Qué lengua hablaba? Nadie lo entendía. Rosa no estaba. Afuera se cerraba el muelle sobre el corazón de Florindo.

Era preciso cruzar todo el puerto de punta a punta, desde el ferrocarril hasta el mercado, andar entre los emigrantes que estaban en las barcazas mecidas por el viento. Capi viajó, dijo adiós desde el navío, iba a ver a su mujer. En su tierra había trío de reyes, él saldría de Herodes. Era preciso andar en la sombra, por los almacenes, en donde se escondían los ladrones, andar por cerca de los vagones vacíos, de la Isla de las Culebras, donde se ofrecían las putas más baratas, vendiéndose allí mismo, de pie, por un poco de dinero. Era preciso andar todo el muelle, pues ella no estaba ciertamente ni en los montes ni en las calles iluminadas. Estaría en el muelle, ni los árboles ni las farolas tenían fuerzas para sujetar a Rosa. El muelle es el hogar de los vagabundos, ¿quién no lo sabe?

El barco se ocultó, ahora era espuma. “¿Hacia dónde fue, Rosa, tu cuerpo moreno?” El negro Florindo interrogaba a los que pasaban, interrogaba a los navíos, a la prostituta que llamaba en voz baja. En aquella noche del muelle, las luces de los faroles eran los ojos de Rosa sucediéndose. Llegó cerca, pero no era más que una farola triste sin nadie alrededor. En la noche del muelle las parejas buscaban lugares oscuros. Desde la oscuridad se veían las estrellas, también se podían oír los quejidos de amor de las prostitutas y de los marineros. El agua era negra, en un mar de de tinto. Los marineros pasaban con el color del carbón. Rosa era morena, color del cacao seco. Su falda blanca parecía de espuma, el negro Florindo la buscaba en la orilla del mar. Hasta de la espuma el negro se reía.

La luz batía en los mástiles, parecían quedarse curvos; el humo era blanco, una vez Rosa llevaba un pez en el seno. Lo había sacado de repente y se había quedado riendo del susto de Varapau. Un pez en el pecho, vivísimo, aún batiendo su cola. “¿Hacia dónde fue, Rosa, tu cuerpo moreno?” ¿Habría ido con los peces o con los pescadores? Un capitán de barco dijo una vez en la “Flor de Onda”, que en la barra de Ilhéus lo que más había era tiburones, había como trescientos mil. Trescientos mil era cifra grande, comen brazos y piernas de pescadores.

Y las algas también. Más de trescientas en cada pontón. Rosa saltaba con las algas, todos los vientos en sus cabellos. Todos los vientos, de norte y sur, el viento terrible del noroeste. En la canoa fondeada ella se tendía, la cabeza de fuera, el cabello en el mar. Parecía cabeza sin cuerpo saliendo del agua, daba miedo. ¡Rosa enloquecida, Rosa del muelle, cuántas veces mentías!

¡Mujer que sabías historias inventadas! Nunca existió igual, parecía un libro de tanta historia como inventaba. Había hablado de un muerto buscando su muelle. Había ido a preguntarle a Rosa si sabía en dónde está su muelle. Era un muerto de boca abierta, muerto ahogado con un cangrejo en el pecho. Era pura mentira, pero parecía verdad. También había dicho que un día iba a marcharse lejos, un día sin que nadie la viera, parecía mentira pero se había marchado. “¿Hacia dónde llevaste tu cuerpo, Rosa alocada, tan mentirosa?”

Era un mar de islas muertas. ¿Quién lo había dicho en el cafetín? ¡A cada cual más loco, diciendo tonterías! ¡Negro Florindo, qué negro tan tonto! Todo lo creíste y después lo olvidaste, ahora lo recuerdas. Porque Rosa desapareció y nadie sabía de ella. Aquel puerto era inmenso, almacén de cacao. Cacao da dinero, es buen cultivo. Da para pagar rameras a los estibadores. El negro Florindo interrogó a la pareja, se estaban abrazando. Detuvieron su amor sólo para atenderlo, estaban con prisa y tenían razón:

-No, no la vimos.

¿Era cansancio? El negro Florindo no se cansaba así como así… ¿Sería cansancio? ¿Sería dolor? Rosa había huido. ¿A dónde fue? El negro Florindo vivía riendo. Rosa llegó en las noches de la roza, en la voz de Varapau, andaba con ellos en el pensamiento, reía para el negro, ¡era tan bueno! El negro Florindo vivía riendo, pero ahora no sabía lo que era la risa. Rosa había huido. El muelle termina en los almacenes. El ladrón no vio a Rosa y sacó la navaja.

No era para pelear, Florindo no quería. Lo que quería era ver a Rosa, encontrarse con ella. “¿Dónde estás, adónde te fuiste?” Preguntaba por preguntar, Rosa no estaba para responder. ¡Muelle más extenso no lo había en el mundo! Marinero no la vio, no, ella no estaba en el navío.

Florindo había comprado un peine, lo llevaba en el bolso. Era un peine bonito, con piedra de cristal como brillante. Era para Rosa, para que se peinase los cabellos y sonriese. “Toma tu peine, Rosa, ven a peinarte. Te doy un collar, se lo compré a un sirio, fiado. Es falso, ya lo sé, ¿quién no lo sabe? Pero es bonito como verdadero, y te lo doy, es para ti. Te doy perfume, falso Houbigant. El Varapau, ¿sabes?, volvió a la roza; ya te olvidó, Capi se embarcó, será Herodes en un trío de Reyes. Me quedé solo. Ten la luna, Rosa, para mirarte en ella. Si tú no vienes, Rosa, me voy a ahogar…”

El negro Florindo ya no sabe reír. Se iba ahogar. Rosa huyó, en el muelle no estaba. El negro Florindo se iba a hogar.

Rosa llegó, vino detrás, el negro se volvió, ¿de dónde había salido? ¡Rosa alocada, bonita de ver!

-¿Dónde estabas?

-¿Quieres saberlo?

Rosa se estaba riendo, el negro se estaba riendo. ¡Era tan bueno reír!

-¿Lo quieres saber? Mejor no saber…

¿Qué quería Rosa? La boca de Rosa, ¡oh, la boca de Rosa! El cuerpo de Rosa recostándose. Rosa tomó su peine, no quería el collar, no quería el perfume, no quería la luna, sólo quería la canoa.

-¿Tuviste pena?

-Me iba a ahogar…

En el cuerpo de Rosa el negro Florindo ya se ahogó. En lo oscuro del muelle. ¡Reír era tan bueno…!

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