lunes, 16 de mayo de 2011

Collacocha: País para tercos y valientes

[B-Review]

Grande, Echecopar.

Hay obras literarias que trascendiendo la anécdota del relato que cuentan se convierten en representativas no de una época sino de la misma esencia de una nación. Cuando Enrique Solari Swayne (1915-1995), psicólogo de profesión y uno de los máximos exponentes de nuestra dramaturgia peruana, escribió Collacocha a mediados de los años 50’s del pasado siglo, las carreteras y obras civiles se levantaban a lo largo del país como no se había visto desde José Balta: éramos (aún somos) un país en plena construcción. La Lima criolla, invadida por los bárbaros quechua-aymaras, dejaba de vivir mirándose el ombligo al tiempo que las provincias eran absorbidas por una oleada modernizadora que cambiaba por el sólo peso de sí misma el rostro nacional y que continuó Velasco y su Reforma Agraria casi dos décadas después. Pero nos estamos adelantando, lo importante (como dice mi padre) fue que los indios migrantes de entonces conocieron el dinero y, con monedas en los bolsillos, pasaron de la Edad Media a la Edad Moderna, del trueque y el qato al monetarismo y el crédito, al tiempo que unían el mar con la sierra y la profunda selva, y levantaban los colegios, hospitales y demás infraestructura que las ciudades necesitaban para acoger a sus hijos. Yo estoy escribiendo esto porque eso pasó, yo (como muchos otros) fui incubado en ese huayco de sangre andina y esa orgía ingenieril.

En el esfuerzo por abrir una carretera de penetración y así posibilitar el intercambio de alimentos, bienes y progreso entre las regiones, y que no es sino un capítulo más en la lucha por dominar el territorio bravo, agreste y de dimensiones titánicas que es nuestro Perú, Collacocha encuentra su inspiración. La naturaleza es descrita de forma sobrecogedora y amenazante: la mano de los dioses es el huayco que en una hora desaparece lo que los hombres tardan años en construir. Y ante estas fuerzas para las que sólo somos insectos, se planta el Ingeniero Echecopar que se ha ido a trabajar con los indios en mitad de la cordillera no simplemente para no morirse de hambre (como él dice) sino para rendir y ser útil a su país, al cual considera como su familia. “Estamos combatiendo la miseria humana y estamos construyendo la felicidad de los hombres del futuro”, dice en una de las grandesRicardo Blume (izquierda) y Luis Álvarez (derecha) en la obra Collacocha (Foto de archivo de Caretas) frases de la obra y que lo pinta como un idealista a su manera que no escatima en criticar tanto al potentado ocioso que sólo sabe de ganancias, como al frívolo pequeñoburgués sin valor ni carácter y hasta al revolucionario resentido al que sólo guía el odio de clase. Echecopar prefiere a sus indios, hechos a esas tierras duras. Por eso le advierte a uno de los personajes cuando llega de Lima como reemplazo de un ayudante, sobre comenzar a “conocer el silencio, el frío y la oscuridad. Son los tres elementos que te rodearán constantemente. Conócelos, aprende a dialogar con ellos, arráncales sus secretos, porque para individuos como tú en el país hay sólo dos caminos: o te enfrentas a los elementos que en nuestro país son hijos de la cólera de Dios, o te vas a Lima, a adular a los potentados, a ver si les caes en gracia y te hacen rico”. Es clara la elección de Echecopar.

Estrenada en 1956 bajo dirección y protagonismo (tres décadas fue Echecopar) de aquel ícono del teatro nacional como fue el arequipeño Luis Álvarez Torres (1913-1995), usaba en su puesta en escena de efectos especiales para simular temblores de los cuales se advertía al público para que no entrara en pánico. Es tal su éxito y popularidad en cada sitio que se ha presentado que luego de más de medio siglo aún mantiene vigencia como una obra entrañable y conmovedora, con su mensaje de esperanza y optimismo en el carácter perseverante del hombre que tras un nuevo desastre reedifica lo destruido una y otra vez por la naturaleza, sólo para poder gritar como en la obra (como quizás gritan ahora en la Carretera Interoceánica): “¡Kammionmi chekamunam...!” (¡Allí vienen los camiones!)

Definitivamente uno de los libros que todo peruano debe leer por la fuerza de su metáfora y de sus personajes, sobretodo para los que se planteen llevar la modernidad y el progreso al país. Claro que nada mejor que verlo interpretado, por lo que si se enteran de una puesta en escena en su localidad no pierdan la oportunidad.

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