sábado, 13 de octubre de 2012

El Gato Blanco, cuento hondureño

[Op. Cit.]

Me he encontrado este inquietante cuento de Honduras. Acá lo tienen (fuente original: La Prensa).

 

El Gato Blanco

Era frecuente ver los sábados y domingos a Raúl con un gato blanco, que cargaba en los brazos para que no se fuera corriendo detrás de las palomas a las que la gente les arrojaba arroz y maicillo para que comieran y así tomarles fotos a sus niños como recuerdo del maravilloso Parque Maya de Tegucigalpa. Los niños llegaban a acariciar a Algodón -así se llamaba el gatito-, lo llenaban de amor y el animal lo sabía. Una hora más tarde, Raúl salía con Algodón rumbo a su casa en las inmediaciones del parque, en la salida a la carretera de Olancho, en la misma ruta de la fábrica de velas que existía en aquel tiempo.

Algodón tenía los ojos casi rojos. Eso lo hacía llamativo para quien lo viera por primera vez. Ciertas personas le tenían miedo y otras lo adoraban, especialmente los niños. Raúl era un muchacho pobre. No tenía más compañía que su gato, alquilaba un cuarto de madera y se dedicaba al oficio de la carpintería. Siempre que salía a la calle con su mascota llamaba la atención; no había una sola persona que no admirara al precioso animalito.

Cuentan que una mañana, cuando llegó al parque La Concordia, se le acercó una niña de ocho años de edad, acarició al gatito y preguntó cómo se llamaba.
Raúl le dijo:

—Este gatito se llama Algodón. A todos los niños les gusta, es mansito y mueve la cola cuando está alegre.

La niña era hija de un hombre adinerado y desde que conoció al gato se enamoró de él. Le dijo al papá que se lo comprara. El acaudalado hombre se acercó al muchacho y le dijo:

—Te doy lo que me pidas por ese gato.

Él le respondió que su animalito no estaba en venta.

—Es mi único compañero, señor, no podría venderlo.

Cuando el millonario abandonó el parque en su carro de lujo, la pequeña iba llorando.

—Quiero ese gatito, quiero ese gatito.

Pasaron tres meses desde que la pequeña conoció al gato. Durante todo ese tiempo lloraba frecuentemente. El papá le envió varios mensajeros al joven Raúl para comprarle el animalito y el muchacho siempre se negó. Una mañana, cuando Raúl se fue a su trabajo aparecieron dos hombres que disimuladamente forzaron la puerta y en un abrir y cerrar de ojos metieron al animalito en un costal, caminaron apresuradamente, se subieron en un automóvil y desaparecieron.

Cuando Raúl regresó del trabajo depositó la comida del gato en un plato y lo llamó: “Algodón, Algodón, bssss”, pero el gato no apareció. Comenzó a buscarlo por toda la casa, se fue al vecindario llamándolo y se dio cuenta de que su gato había desaparecido. Luego se consoló:

—Debe andar por ahí buscando alguna gata.

Una semana más tarde, Raúl perdió las esperanzas de que su mascota apareciera.

—Tal vez regresa. Dicen los vecinos que los gatos no son de nadie, que así como se van, así aparecen. ¿Dónde se habrá metido Algodón?

Entretanto, en la casa del rico, al gato lo trataban como a un rey con buena alimentación y  llevándolo a pasear. La niña era muy feliz. Los empleados del rico decían que el animal tenía algo muy raro en la mirada y las sirvientas le tenían miedo.

Cuentan que un día la niña tenía entre los brazos al gato blanco y se asomó a la ventana del segundo piso de su casa cuando por la calle pasó Raúl.

El animal se puso inquieto, comenzó a maullar y trató de saltar desde la ventana, pero la niña la cerró inmediatamente. A partir de aquel momento, Algodón comenzó a correr dentro de la casa destruyendo jarrones, rompiendo cortinas y atemorizando a los sirvientas. Los guardaespaldas del ricachón lo capturaron y lo encerraron en una jaula. La pequeña lloró mucho porque estaba enjaulado. El padre consoló a la angustiada muchachita:

—Ya se le pasará la locura al gato y lo vamos a sacar de su jaula. Esos animales así son.

Por la noche, los guardaespaldas fueron por el gato siguiendo instrucciones precisas de sacarlo de la casa y arrojarlo en un abismo lejos de la ciudad. Cubrieron al animal enjaulado, lo metieron en un costal. Salieron de la casa a medianoche y regresaron al siguiente día. La niña, angustiada, anduvo por toda la casa buscando al gato, lloró mucho hasta que su padre logró consolarla.

—Creo que el gato se escapó de la jaula, mi amor. Voy a buscar otro que se le parezca. 

A la una de la mañana, Raúl sintió pasos sobre las tejas y escuchó el peculiar maullido de Algodón.

—Es él, es él. Al fin, mi gatito. Dios mío, tenés sangre en las patas, estás herido.

El muchacho estaba supercontento. Lavó las heridas de las patitas de Algodón, lo llevó a la cama, lo envolvió en las cobijas y los dos se quedaron profundamente dormidos.

La Policía estaba desconcertada. Había seis muertos en aquella casa de lujo, entre ellos una niña. Decían que las trabajadoras habían enloquecido porque constantemente repetían: “Fue el gato, él los mató a todos... ¡fue el gato!”.

Los investigadores dijeron que posiblemente un enorme tigre había matado a aquellas personas, pero ¿un tigre en la ciudad? ¿De dónde salió? Todo quedó en el misterio. Solo las empleadas domésticas sabían la verdad y nadie les creyó. Gracias a las declaraciones de esas mujeres se estableció que un misterioso gato blanco con rabia había matado a aquellas personas. Un brujo dijo que los gatos son animales enigmáticos y que algunos que viven entre nosotros han llegado de otra dimensión.

Paltea un poco, ¿no?

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