jueves, 15 de noviembre de 2012

Big Bang en el horizonte

[Yoni]


Fuente de la imagen: RPP

Mientras escribo estas líneas, el local del Jockey Club en Lima está a reventar con el ejército de fanáticas (y algún fanático, pongámoslo claro) de los chicos del grupo Big Bang y aprovecho para verlo en un canal de Ustream que un@ de l@s asistentes transmite en directo. Internet 3G lo puede todo.

Ahora bien, si a estas alturas alguno de los lectores de este espacio no sabe a qué me refiero debo suponer que no ha estado atento ni a la radio ni a la televisión locales. Hagamos un resumen:

Big Bang es un grupo de K-Pop muy popular en la actualidad. ¿Y qué es eso de K-Pop? Como su nombre lo indica es pop K… la K es por Koreano. O sea, es la música pop hecha en Corea… del Sur.

Obviamente si eres una persona normal la frase música pop te traerá a la mente nombres como Madonna, Michael Jackson, NSYNC, Britney Spears o más recientemente Milley Cirius, Lady Gaga o Justin Bieber, todos en su momento sonando hasta la saciedad en las radios FM locales, sus videos musicales apareciendo en la TV y ellos mismos dando entrevistas o eventualmente participando en películas o series. Y ganando una montaña de dinero.

Pero eso es en Occidente y anexos como el nuestro. Al otro lado del mundo, en Asia, aunque tales nombres también son famosos y arrastran multitudes a sus conciertos, también allá tienen sus propios ídolos que siguen un patrón de producción y comercialización similar, a menudo eclipsando a los foráneos. Algunos de esos países son la India, China, Japón, y por supuesto Corea del Sur.

Y es aquí donde comienza la historia. Remontémonos a los años 90.

Por una extraña coincidencia elegimos a un presidente de ascendencia japonesa cuando el Japón aún se perfilaba como una de las candidatas a potencia que rivalizaría en un futuro con los EEUU, que recientemente habían ganado la Guerra Fría con la desintegración del bloque soviético. Tiempos de incertidumbre pero también de esperanza. Los sociólogos mucho tendrán que determinar qué tanto la situación de esos años configuraron lo que resultaría después.

Lenta pero sostenidamente varios padres de familia se dieron cuenta que sus hijos se empezaban a aficionar por ciertos dibujitos animados, anime le decían (le dicen), en forma de cassettes de VHS que circulaban por allí prestados, cambiados, traídos por un pariente o conocido en el extranjero, muchas veces copias de copias de una copia pirateada, y que ampliaban la oferta que las televisoras locales ya programaban. Recuerden que aunque ya existía el internet este era aún terreno de técnicos y especialistas, y muy limitado en ancho de banda y recursos: bajarse un video era un mal chiste. Estos mismos padres algún susto se habrán llevado cuando años después aparecieron panfletos (a menudo relacionados a iglesias evangélicas) que acusaban a los principales exponentes de ese género de ser satánicos y degenerados. Reportajes en la TV, psicólogos explicando, alguno de esos jóvenes aficionados entrevistado mostrando de qué iba todo eso, todo el asunto resumido en una palabra que sí que demoró en llegar al mainstream: otaku. Muchos se juntaron en grupos con intereses similares.

Yo fui uno de esos jóvenes. No voy a tratar de justificar la pertinencia estética del anime (y del manga por extensión) o los valores reales o imaginarios que en él encontrábamos (o aún encontramos). Acepto que hay mucha basura entre todo lo que se estrena cada temporada, algo de lo que en esos primeros años no nos dábamos cuenta por todos los filtros que había en razón del limitado acceso que se tenía al material en sí. Debo agradecer en mi país al Club Sugoi en ese aspecto por su dedicación y su esfuerzo por masificar un anime de calidad. Pero ahora debemos seguir. Esta sólo fue la punta del iceberg.

Al mismo tiempo que la la afición por el anime (y el manga, pongámoslo claro: no se puede hablar del uno sin el otro) se afianzaba, los mismos jóvenes expandieron su interés a otros exponentes de la cultura pop nipona: cine, series de televisión (doramas que le dicen), y por supuesto la música, mayormente conocida como J-Pop, en este caso la J por Japón. OK, también había otros géneros como el Visual Kei, el J-Rock, el enka, el anisong, etc., pero el J-Pop era el rey.

Ya para inicios del siglo la internet ya se estaba masificando, lo mismo que el DVD. El video bajado en línea ya no era una utopía, y las copias de copias de copias eran tan buenas como el original. Y mientras tanto una nueva generación de jóvenes pasaba de la afición a los animes y la cultura japonesa a explorar las naciones vecinas. Así fue cómo yo descubrí los productos coreanos, aunque nunca me aficioné mucho a ellos, pero otros… Primero fueron los K-Dramas (¿cómo no mencionar Escalera al Cielo, esa “novela” transmitida en TV Perú que hasta a mi madre conmovió, y luego el puñado que vino después?), melodramas en toda regla pero que contrariamente a sus similares de este lado del mar (sí, te hablo a ti, Televisa) aún mantenían la frescura de su propuesta dentro de su clamoroso conservadurismo: no por nada Corea del Sur fue prácticamente un estado policial y casi hasta fascista durante la Guerra Fría, producto de toda la tensión que aún pervive con la otra Corea, la del norte, la comunista.

Evidentemente, pasaron de admirar los dramas coreanos y sus actores a disfrutar la música que acompañaba esas ficciones, que no era otra cosa que el K-Pop. Y como ya los otakus habían hecho antes se juntaron en grupos muy activos y el número de la fanaticada avanzó como el discurrir de la lava bajo un terreno volcánico. Pero ya no eran otakus, sino k-popers. Recuerden esa palabra.

Tuvo la prensa local que filmar y fotografiar a las fanáticas acampando hasta dos semanas antes en los exteriores del Jockey Club para asegurarse los mejores sitios para ver el concierto de Big Bang, para que se diera cuenta el resto del Perú de que son legión. Y eso que ya los anteriores conciertos de YJY (ex-integrantes de ese ícono del K-Pop como es TVXQ) a principios de año y U-Kiss recientemente ya hacían ver que tenían su gente. Recomiendo este artículo de Marco Sifuentes que explica la sorpresa que ha sido para los programadores del entretenimiento local que estos ilustres desconocidos hayan vendido mejor que Lady Gaga.

Pero al César lo que es del César: el K-Pop es un producto comercial repensado por empresarios del espectáculo de ese país. Y como tal es todo un éxito que ya se extiende por el resto de Asia Oriental y que ahora ha venido por Occidente. Sus códigos o esquemas no son muy diferentes de los que en EEUU caracterizan a los suyos. Big Bang así es muy similar en espíritu por ejemplo a los Backstreet Boys o a los ‘N Sync. O salvando las distancias, incluso a los Menudo o a Magneto. Son una boy band lisa y llana, con unos integrantes fabricados a medida por (curiosamente) la misma empresa que maneja a PSY (el de Gangnam Style, acá rebautizado pacharacamente como El Baile del Caballo). Buen dinero se han gastado en operaciones, estilistas, modistas, coreógrafos, etc.

¿Tanto esfuerzo para conquistar su propio mercado interno? No lo creo. Si no, miren nomás al otro lado del mar, a sus primos del J-Pop. En Japón tienen grupos y solistas de similar estilo comercializable. Pero es claro que la mayor parte de sus productos sí son pensados esencialmente para su mercado local. En ello podría verse esa tendencia japonesa por la autosuficiencia frente al exterior, aunque suene a contradicción en vista del dinamismo de su comercio internacional. Pero los japoneses son como son, cerrados, discretos, y algo xenófobos. Japón es otro planeta.

Claro que no todo está fríamente calculado. Un ejemplo es PSY y su ya mencionado Gangnam Style, un cantante totalmente alejado de la típica apariencia del cantante de K-Pop, una canción tan localista. Habrá sido una gran sorpresa para YG Entertainment (su productora) que su producto para consumo local sea la sensación que es. Pero igual le sacarán el jugo; me gustará ver qué harán para alargar el éxito… y si PSY les hará caso.

¿Y todo esto del K-Pop qué significa? ¿Es sólo una moda pasajera? Sí y no. Es una moda, sí. Como ya escribí es la obra de unos astutos productores con afanes crematísticos, no culturales. Pasajera, tal vez. Yo mas bien lo veo como un síntoma de los tiempos. Y no me refiero sólo a cómo internet crea fenómenos de masas casi de la nada, a despecho de los tradicionales medios de distribución (TV, radio, periódicos). Me refiero al inicio del fin de la hegemonía cultural, política y económica de Estados Unidos y Europa. ¿Es que nos olvidamos de China? ¿Y de la India? Hasta Vietnam se le ha dado por sacar las garras de tigre asiático vía un modelo similar al chino. Y ya por lo pronto los tendremos como un nuevo operador de telefonía por acá (Viettel, propiedad de su ejército. Ya están buscando personal).

El péndulo de la historia está cambiando su eje hacia Asia. Y así como nuestros antecesores adoptaron partes de las culturas estadounidenses y europeas al mismo tiempo que nos volvíamos sus satélites, así ahora nos toca ser influenciados por los asiáticos. Ya en comentarios en las redes sociales y en la calle escucho las voces airadas o en tono de sorna por esos “chinitos gays”. Nuevamente se habla de la alienación de nuestra juventud y de difundir nuestra cultura autóctona frente a las modas foráneas. ¿No suena conocido? ¿No fue lo mismo con el rock? ¿Con la literatura vanguardista europea? ¿Ya somos tan viejos?

Como escribiera alguna vez Borges, lo único seguro del futuro es que será distinto del presente. Tratemos de no renegar mucho mientras esperamos nuestro turno o bien pongámonos a trabajar para ganárnoslo. Y si vamos a dejarnos penetrar culturalmente, ¡maldita sea!, al menos esta vez aprendamos algo.

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