viernes, 24 de octubre de 2014

El Cerebro de Broca: Carl Sagan, el Universo y todo lo demás

[B-Review]

Creo que no me cansaré de reiterar lo grandioso que ha sido para mí personalmente la llegada de la internet por la posibilidad que le da a un habitante de los suburbios de los suburbios del Mundo (como lo soy yo) de conectarse a la mayor biblioteca de la historia de la Humanidad… Y no es sólo un decir. Hablamos del equivalente a millones y millones de libros a prácticamente cero de costo marginal, suficientes para asimilar durante miles de vidas.

Hablando de libros, específicamente de libros, ya son una buena cantidad los que he leído descargados de esta Biblioteca de Babel que el gran Borges identificaría como el cielo, y que de alguna forma prefiguró.

El último título que he terminado es éste que me inspira este post: El Cerebro de Broca, un libro de divulgación firmado por el astrofísico y visionario estadounidense Carl Sagan allá por los ahora lejanos años 70s del siglo pasado. Leo que es una recopilación de artículos o discursos suyos que fueron publicados en revistas de la época, todos ellos girando en torno a las preocupaciones científicas de Sagan y a su visión sobre la relación de la ciencia con la Humanidad. Temas como el engaño de las pseudociencias (en que se detiene a considerar sus contradicciones, aunque sin atreverse a desechar la posibilidad de que acaso acierten en algo por simple intuición), su escepticismo acerca de los OVNIs, los entretelones de los estándares de la nomenclatura de los astros del sistema solar y de sus accidentes geográficos (ni idea tenía que había una Cordillera Soviética en la cara oculta de la Luna), el singular destino de Albert Einstein, su visión de la ciencia ficción, las experiencias cercanas a la muerte y lo que como científico ve detrás de ellas, etc.

En general es un libro entrañable, donde se siente el amor que Sagan tenía por el conocimiento y su esperanza de que el desarrollo de la Ciencia devendría en beneficio de la Humanidad.

Otrosí: El título se explica en el primer capítulo, donde Sagan relata su visita al Musee de l'Homme en París y su encuentro con Paul Broca o, más bien, con su cerebro conservado en “formalina”. Este Broca fue un cirujano, neurólogo y antropólogo que realizó a mediados del siglo XIX “importantes trabajos en el estudio de la patología cancerosa y en el tratamiento de los aneurismas, así como una contribución esencial a la comprensión de los orígenes de la afasia, nombre con que se designa todo menoscabo de la habilidad para articular ideas”. Eventualmente, falleció y su cerebro pasó a formar parte de la colección de cerebros y cabezas conservadas en frascos que usaba para sus estudios. En medio de esa macabra colección arrumada en una apartada sala del Musee de l'Homme es que Sagan lo encuentra y, como Hamlet ante el cráneo de Yorick, termina cavilando: “¿Acaso se hallaba preservada ante mí, en la configuración neuronal, una recolección de los triunfales momentos en que [Paul Broca] defendía ante una asamblea conjunta de facultades de medicina (y ante su padre, henchido de orgullo) su teoría sobre los orígenes de la afasia? ¿0 tal vez una comida en compañía de su amigo Victor Hugo? ¿Quizás un paseo a la luz de la luna en un atardecer otoñal a lo largo del Quai Voltaire y el Font Royal en compañía de su esposa? ¿Adónde vamos a parar después de morir? ¿Acaso Paul Broca estaba todavía ahí, en un frasco lleno de formalina? Tal vez hubiese desaparecido todo rastro de memoria, aunque las investigaciones contemporáneas sobre la actividad cerebral proporcionan pruebas convincentes de que un cierto tipo de memoria queda redundantemente almacenada en numerosos y diferentes lugares de nuestro cerebro”.

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